La que escribe por mí no le pesan
las manos ni las palabra sordas,
ni las indiferencias.
Está en el aire, el verbo le queda
grande y su estar es casi invisible
como la niebla.
¿Quién la soporta, sino su rostro
hecho de marfil y letras, de vetas
rojas e inservibles, de colores
premiados en la frialdad devota
de las cosas?
La que escribe no nota la frente
que la guía, ni las melancolías
de las tardes, del silencio, del ser
entre las piedras: esclava, tonta,
sin más recursos que el viento,
sin más energía que su propio
amor, ensangrentado, religioso,
pánfilo…

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